miércoles, 11 de enero de 2012

Extracto: Sistema De La Naturaleza, Baron de Holbach; "Del panteísmo o ideas naturales de la divinidad".

Se ve, por cuanto precede, que todas las pruebas sobre las cuales la teología pretende fundar la existencia de su Dios parten del falso principio de que la materia no existe por sí misma y de que se encuentra por su Naturaleza ante la imposibilidad de moverse y es, por consiguiente, incapaz de producir los fenómenos que vemos en el mundo. De acuerdo con supuestos tan gratuitos y falsos, como se ha demostrado en otra parte, se ha creído que la materia no había existido siempre, sino que debía su existencia y sus movimientos a una fuerza distinta de ella misma, a un agente desconocido al cual se ha pretendido que estaba subordinada.

Como los hombres encuentran en sí una cualidad a la que llaman inteligencia, que preside todas sus acciones y con ayuda de la cual alcanzan los fines que se proponen, han atribuido inteligencia a este agente invisible, pero han extendido, agrandado y exagerado esta cualidad en él porque le han considerado como el autor de los efectos que ellos mismos se sentían incapaces de producir, porque les parecía que las causas naturales tampoco tenían la fuerza de provocarlos. Como jamás se ha podido ni percibir este agente ni concebir su modo de actuar, se ha hecho de él un espíritu; palabra que muestra que se ignora lo que es o que actúa como el soplo cuya acción no se puede observar.

De este modo, asignándole espiritualidad, no se ha hecho más que dar a Dios una cualidad oculta, que se ha juzgado conveniente a un ser siempre oculto y siempre activo de un modo imperceptible para los sentidos.
En el origen, sin embargo, parece que por la palabra espíritu se había querido designar una materia más sutil que aquella que afectaba groseramente los órganos, capaz de penetrar en ella y transmitirle acción y vida, de producir en ella las combinaciones y las modificaciones que nuestros ojos descubren en ella. De este modo, como se ha visto, Júpiter fue destinado originariamente a representar, en la teología de los antiguos, la
materia etérea que penetra, agita y da vida a todos los cuerpos de los que la Naturaleza es el conjunto.

Sería una equivocación creer que la idea de espiritualidad de Dios, tal como la encontramos admitida hoy, se haya presentado tempranamente al espíritu humano. Esta inmaterialidad que excluye toda analogía y todo parecido con todo cuanto está a nuestro alcance conocer ha sido, como ya se ha hecho observar, el fruto lento y tardío de la imaginación de los hombres quienes obligados a meditar, sin ninguna ayuda por parte
de la experiencia, sobre el motor oculto de la Naturaleza han logrado poco a poco hacer de él un fantasma ideal, este ser tan fugaz que se nos hace adorar sin poder designarnos su naturaleza más que con una palabra a la que nos es imposible enlazar alguna idea verdadera.

Así, pues, a fuerza de soñar y sutilizar, la palabra Dios dejó de representar una imagen; cuando se quiso hablar de él, fue imposible ponerse de acuerdo, dado que cada cual lo había descrito a su manera y en el retrato que se había hecho no consultó más que a su propio temperamento, su propia imaginación, sus ensoñaciones particulares; sí en algunos puntos se convino, fue para asignarle cualidades inconcebibles que se creyó que convenían al ser inconcebible al que se había dado origen; y de la masa incompatible de estas cualidades no resultó más que un todo perfectamente imposible.

Por fin, el amo del universo, el motor todopoderoso de la Naturaleza, el ser al que se anunció como el más importante de conocer, fue reducido por las ensoñaciones teológicas a no ser más que una palabra vaga y desprovista de sentido, o más bien un vano sonido con el que cada cual enlazó sus propias ideas. Tal es el Dios que se ha sustituido a la materia, a la Naturaleza. Tal es el ídolo al cual no nos está permitido dejar de rendir homenaje.

Hubieron, sin embargo, hombres lo suficientemente valientes para resistir al torrente de la opinión y del delirio. Creyeron que el objeto al que se anunciaba como el más importante para los mortales, como el centro único de sus acciones y pensamientos, exigía ser atentamente examinado: comprendieron que si la experiencia, el juicio y la razón podían tener alguna utilidad, debía ser sin duda para considerar al sublime monarca que gobernaba la Naturaleza y que regulaba el destino de todos los seres que contenía.

Vieron pronto que no se podía confiar en las opiniones universales del vulgo, que no examina nada, y menos todavía a las de sus guías quienes, engañadores o engañados, prohíben a los demás examinar o son incapaces de ello por sí mismos. De este modo, algunos pensadores se atrevieron a sacudirse el yugo que les habían impuesto en su infancia y, hastiados de las nociones oscuras, contradictorias, desprovistas de sentido que les habían habituado a enlazar maquinalmente al nombre vago de un Dios imposible de
definir, tranquilizados por la razón contra los terrores con los que se había rodeado esta temible quimera, indignados por las apariencias horribles bajo las cuales se pretendía representarla, tuvieron la intrepidez de desgarrar el velo del prestigio y de la impostura y afrontaron con una mirada tranquila esta pretendida fuerza, convertida en el objeto de continuas esperanzas, temores, ensoñaciones y peleas de los ciegos mortales.

Pronto el espectro desapareció para ellos; la calma de su espíritu les permitió no ver en todas partes más que una Naturaleza actuante según leyes invariables, cuyo teatro es el universo y de la cual los hombres, así como todos los seres, son obras e instrumentos obligados a cumplir los decretos externos de la necesidad.