jueves, 1 de julio de 2010

Extracto: Los tres impostores: Moises, Jesucristo, y Mahoma

Aunque todos los hombres desean conocer la verdad, hay muy pocos que gocen de ese privilegio: unos son incapaces de buscarla por sí mismos, otros no quieren esforzarse en ello. No hay que extrañarse, pues, si el mundo está lleno de opiniones vanas y ridículas: la ignorancia es lo que más fácilmente puede darles curso; es la única fuente de las ideas falsas que hay sobre la divinidad, el alma, los espíritus y casi todos los demás objetos propios de la religión.

La costumbre ha prevalecido; nos atenemos a los prejuicios del nacimiento y a propósito de las cosas más esenciales nos rendimos ante personas interesadas que tienen por ley sostener con empecinamiento las opiniones recibidas y que no se atreven a rebatirlas por miedo a destruirse a sí mismos.

Lo que hace que el mal no tenga remedio es que, después de haber establecido las falsas ideas que se tienen de Dios, no se deja nada de lado en el empeño de comprometer al pueblo a creerlas sin permitirle examinarlas; al contrario: se le carga de aversión hacia los filósofos o los verdaderos sabios por miedo a que la razón que enseñan le haga ver los errores en que está inmerso.

Los partidarios de esos absurdos lo han conseguido hasta tal punto que es peligroso combatirles. A esos impostores les interesa demasiado que el pueblo sea ignorante como para consentir que se le desengañe. Por eso, uno está obligado a encubrir la verdad o a sacrificarse a la violencia extrema de los falsos sabios o de las almas bajas e interesadas.

Si el pueblo pudiera comprender en qué abismo le arroja la ignorancia, se sacudiría enseguida el yugo de esos indignos conductores, porque es imposible dejar actuar a la razón sin que ella descubra la verdad. Esos impostores lo han entendido tan bien que, para evitar los buenos efectos que produciría de manera infalible han procurado pintárnosla como un monstruo incapaz de inspirarningún buen sentimiento y, aunque censuran en general a los que no son razonables, les desagradaría enormemente que la verdad
fuera escuchada. Así vemos sin cesar cómo esos enemigos del buen sentido caen en continuas contradicciones y es difícil saber qué pretenden.

Si es cierto que la recta razón es la única luz que debe seguir el hombre y si el pueblo no es tan incapaz de razonar como intentan hacerle creer, es preciso que los que intentan instruirle se apliquen a rectificar sus falsos razonamientos y a destruir sus prejuicios; se verá entonces cómo sus ojos poco a poco se despiertan y a su espíritu convencerse de esta verdad: que Dios no es nada de lo que habitualmente imaginan.